Durante décadas, el enfoque del cuidado se centró en la enfermedad. La persona cuidadora era una asistente física y una administradora de tratamientos. Hoy, esa visión comienza a transformarse: el objetivo ya no es solo el cuidado médico, también es buscar que la persona mantenga el control sobre sus decisiones, incluso en condiciones de alta dependencia.
Este cambio lleva a que la persona cuidadora se convierta en una facilitadora de autonomía, una promotora del bienestar y un vínculo con el entorno. La pandemia aceleró la transición de este rol. El DANE registró en 2020, en el informe La soledad en Colombia-una aproximación desde las fuentes de estadísticas oficiales, que antes del confinamiento, 20,5% de las personas con alguna dependencia que vivían solas participaban en grupos o actividades sociales. Sin embargo, el aislamiento interrumpió esas redes y el sentimiento de soledad y estrés aumentó a 30,8% entre las personas de hogares unipersonales.
El Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018 registró 305.329 personas con dificultades en su vida diaria que viven solas, de ellas 57.812 (11%) reciben el apoyo permanente de una persona cuidadora. Estos datos evidencian que el acompañamiento no puede limitarse a la asistencia física y debe ampliarse hacia formar vínculos, participación y sentido de comunidad.
Las personas cuidadoras lo saben, como lo muestra el diagnóstico Desarrollo de currículos y estrategias de formación para la capacitación de cuidadores y otras funciones relevantes de los centros de cuidados de personas mayores Colombia del BID y la Fundación Astur en 2023. En el estudio los cuidadores manifiestan que el mayor interés de capacitación no está en las competencias médicas, sino en otras habilidades: 84,2% quiere formarse en habilidades de relacionamiento con personas mayores. Este dato confirma que el cuidado integral se basa más en el vínculo que en la técnica.
Hacia un cuidado comunitario
Los expertos señalan que el cuidado integral se construye desde las relaciones. Según el Laboratorio de Aceleración del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Argentina, este modelo implica promover redes, intercambios intergeneracionales, espacios culturales y entornos accesibles que fortalezcan el sentido de pertenencia. También requiere cerrar la brecha digital y acercar a las personas mayores o con discapacidad a la vida pública y tecnológica.
En ese sentido, el rol de la persona cuidadora se amplía a ser facilitadora de información para que la persona que recibe cuidado pueda encontrar esos espacios de participación que le sean de interés y de esta manera participe activamente en las actividades culturales, deportivas, recreativas y demás que se ofrezcan en su entorno.
“Realizamos una investigación en 17 departamentos con la intención de entender cómo funcionan las redes de cuidado comunitario, cómo se teje ese trabajo duro, especialmente en las zonas más rurales y que está invisibilizado”, afirma Camila Castellanos, líder de Bienestar Físico y Socioemocional de la Fundación Saldarriaga Concha.
Entre los hallazgos del estudio está que las mujeres mayores son el punto de ancla en esa construcción de redes porque la comunidad confía en los años que tienen de experiencia en resolver problemas cotidianos y relacionales. Esa participación intergeneracional afianza la independencia y estimula la autonomía.
En Colombia, iniciativas locales avanzan hacia esa visión. La Fundación Saldarriaga Concha ha acompañado en la formulación de sistemas de cuidado territorial y la creación de canastas de cuidado, herramientas que mapean la oferta y la demanda de servicios -desde la salud hasta la cultura, la recreación y la educación- con la intención de crear un sistema de cuidado integral, inclusivo y sostenible. Boyacá, Antioquia y Valle del Cauca son ejemplo de ello son sus programas Sistema Abrigo, Territorios de Amor y Cuidado y El Valle Cuida de Ti.
En ese mismo camino, la Fundación se ha unido al compromiso de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de tener ciudades amigables. “Se trata de una mirada de bienestar. La Fundación acompaña en el ejercicio de revisar cuáles son esas prioridades que a nivel ciudad se deben ofrecer para responder en ofertas de cultura, recreación y educación porque lo que se espera es que todas las personas vivan en comunidad”, señala Castellanos.
Bajo este acompañamiento es que desde hace diez años Manizales es una ciudad amigable que ha entendido las dimensiones del envejecimiento saludable, indicadas por la OMS para crear oportunidades para sus habitantes.
La economía del cuidado: oportunidad del futuro
El envejecimiento poblacional abre una nueva frontera económica. “El fenómeno del envejecimiento es mundial y ha llevado a repensar las herramientas y las nuevas necesidades laborales que trae el futuro. Todo mediado por la inteligencia artificial y por las nuevas tecnologías”, asegura la líder de Bienestar Físico y Socioemocional de la Fundación Saldarriaga Concha.
El Informe del Futuro del Trabajo 2025 del Foro Económico Mundial identifica el envejecimiento activo y la reconversión digital como pilares del crecimiento sostenible. Países como Estonia, Lituania y Letonia ya priorizan la inclusión laboral de personas mayores de 55 años con resultados positivos en productividad.
El éxito ha estado en aprovechar el potencial de las personas mayores de 55 mediante estrategias de upskilling y reskilling -reentrenamiento y actualización de habilidades- y en fomentar la “mentoría inversa”, en la que los jóvenes enseñan competencias digitales a los mayores, mientras estos transmiten experiencia y conocimiento.
Ese mismo entrenamiento se puede practicar en casa. La cercanía de las personas cuidadoras permite identificar intereses, capacidades y temores frente al uso de la tecnología y traducirlos en oportunidades de aprendizaje y conexión.
Cuando el cuidador enseña y facilita el acceso a herramientas digitales, no solo mejora la comunicación con familiares o servicios de salud, sino que abre la puerta a la participación en redes, actividades culturales o incluso a espacios de formación y trabajo remoto, fortaleciendo así la autonomía, la autoestima y el relacionamiento intergeneracional.
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