Hablar de sexualidad en las personas mayores no es una cuestión de salud, es un asunto de derechos. Las personas mayores deben gozar del ejercicio de su autonomía, su autoconocimiento y la toma de decisiones sobre su vida íntima y afectiva. No es fácil lograrlo, se requiere una conversación abierta que derribe las barreras sociales y culturales impuestas por siglos.
Para comprender cómo se vive la sexualidad en la vejez, la Fundación Saldarriaga Concha y Profamilia realizaron el estudio Percepciones de la sexualidad en personas mayores de Medellín, Montería, Manizales y Tunja. A través de 127 encuestas, 8 grupos focales y 16 entrevistas a profundidad, analizaron cómo se vive esta dimensión de la vida cuando el cuerpo cambia y la sexualidad se transforma.
Los resultados muestran que el 96% de los encuestados considera normal sentir deseo sexual y el 92,9% afirma que la sexualidad es parte integral de todas las personas. Además, el 62,2% de los participantes afirmó haber mantenido relaciones sexuales en el último año.
El promedio de edad de las personas participantes en el estudio fue de 66 años, quienes reconocieron diferentes asuntos que se deben profundizar cuando se trata de sexualidad. En relación con los cambios físicos, indicaron que, aunque las mujeres puedan experimentar dificultades en la lubricación (43%) y los hombres en la erección (33%), no significa que no puedan sentir o conectar emocionalmente; de hecho, estos factores habilitan nuevas comprensiones de la sexualidad, donde esta se vive también a través de las caricias, la escucha, la compañía, el cuidado y el autocuidado.
“En el estudio es evidente que las personas mayores sienten que es una etapa en la que disfrutan la sexualidad de otras formas, por ejemplo, en el caso de las mujeres, ya no está vinculada a reproducción, lo que da permiso a la exploración, la identificación del cuerpo de otras maneras e ir a otros ritmos”, afirma Camila Castellanos, investigadora y líder de Bienestar Físico y Socioemocional de la Fundación Saldarriaga Concha.
A pesar de reconocer que la sexualidad sigue presente, los participantes coincidieron en que hay una barrera en este reconocimiento por parte de los profesionales de la salud. «Parece que después de que se te va la regla, para los médicos ya dejas de existir sexualmente. Todo es sobre los huesos o el corazón, pero si una dice que le duele tener relaciones o que ya no siente nada, te dicen que es lo normal por la edad. Como ya no vamos a tener hijos, parece que ya no importa si disfrutamos o no», afirmó una de las participantes en Tunja.
Precisamente, uno de los resultados de la investigación es que la atención en salud se centra en el manejo de enfermedades crónicas, dejando de lado la salud sexual. Esto se evidencia en que el 81% de los participantes manifestó que nunca ha tenido una conversación sobre su salud sexual con un profesional de la salud, una cifra que refleja cómo, al superar la edad reproductiva, el sistema deja de considerar la sexualidad como una dimensión relevante para el bienestar integral de la persona.
Entre la medicina y el prejuicio
Las expertas consultadas coincidieron en la barrera que significa esta visión ‘reproductiva’ de la sociedad. “La sexualidad está asociada a la fecundidad y la mayoría de los servicios de salud apuntan a esto, especialmente en la atención de las mujeres”, asegura Paola Montenegro, directora de Investigaciones de Profamilia.
Este enfoque médico ignora que la sexualidad es integral e involucra conocimiento, vínculos y entornos seguros. Los participantes en la investigación parecen tener claro que los cambios físicos inherentes a la edad no son un punto final, son un reto que se debe superar. El 46,5% de los encuestados reconoció haber experimentado cambios en su respuesta sexual debido a su estado de salud general; pero no creen que sea el fin de su vida sexual. Es más, solo una minoría (8,7%) cree que la menopausia o la andropausia son el final de la vida sexual.
Para superar esta situación, la ginecóloga y sexóloga Tatiana Murcia propone un cambio de paradigma en la consulta médica: “las personas desconocen el placer como una sensación ligada al sexo. Es importante trabajar en la enseñanza alrededor de este, no como una ganancia secundaria, sino como el fin principal de una relación sexual”.
La brecha de género en la vivencia de la sexualidad
Como se ha señalado, la investigación hace evidente que el género marca profundamente la experiencia. Mientras el 86% de los hombres considera la sexualidad “muy importante”, solo el 37% de las mujeres comparte esa visión. La explicación es cultural: el 51% de las mujeres encuestadas aún cree que debe complacer sexualmente a su pareja por deber. Ver infografía.
Los relatos cualitativos del estudio recogen voces de mujeres que explican lo anterior. Una participante cuenta: “si uno no está con el esposo, se va a buscar otra”, evidenciando que, el sexo sigue siendo un seguro contra el abandono y no un espacio de placer propio. Otra participante destacó la falta de comunicación: “nosotras las mujeres cuando no queremos el sexo, o no tenemos ganas, nos inventamos el dolor de cabeza… jamás le decimos a nuestro esposo ‘no quiero hoy’”.
Murcia explica que esta brecha se debe a una ventana de tiempo socialmente impuesta a las mujeres. “Solamente se nos permite ser personas sexualmente activas en una brecha de unos 15 años. Antes de los 20, no está bien visto tener relaciones sexuales, luego cuando uno se casa debe tener hijos y esa ventana se cierra cuando uno llega a los 40 años porque llega el final de la fertilidad. Esto explica por qué si preguntas a una mujer mayor de 50 si tiene relaciones sexuales, probablemente su respuesta será ‘Yo ya no estoy para eso’”.
Por su parte, los hombres enfrentan el peso del rol de ‘macho’. Lo confirma uno de los testimonios del estudio al reiterar que “el hombre es el que manda la parada… el hombre propone y la mujer dispone”. Los hombres enfrentan la vejez desde el miedo a la disfuncionalidad. “Uno se vuelve poco funcional. Es decir, ni pa’ trabajar, ni pa’ hacer el amor, ni pa’ nada… Yo digo que son más las cosas malas”, afirmó uno de ellos.
El silencio frente a estos temas se convierte en un aliado de otra barrera más: la falta de comunicación e información. El 34% de las personas consultadas aseguraron no hablar con nadie sobre su sexualidad y solo el 19% dijo haber consultado a un profesional.
El estudio muestra también que el 74% de las personas buscan información, aunque con desconfianza. «Uno termina preguntándole a Google, pero Google no siempre le dice a uno las cosas como son», dijo una de las mujeres participantes.
Aunque el 74,8% considera que las personas cuidadoras deben permitir el ejercicio de la sexualidad, rara vez son vistas como aliadas. “No podemos pretender que la sexualidad sea una decisión que se tome desde los entornos familiares. Lo que sí podemos hacer es brindar herramientas para que puedan vivir y ser autónomos en su sexualidad”, afirma Luisa Fernanda Solano, coordinadora de Investigación en Profamilia.
Personas sexualmente diversas, sin prejuicios en la vejez
Ante este panorama de silencio y desinformación, la comunidad LGBTIQ+ parece llevar una ventaja en la carrera por la autonomía. Aunque en el estudio la mayoría de los participantes se identificó como heterosexual (90,6%), la presencia de voces homosexuales (3,9%) y bisexuales (2,4%) permite visibilizar que la diversidad también envejece.
Según Elizabeth Castillo, subdirectora de Asuntos LGBTIQ+ de la Secretaría de Integración Social de Bogotá, las personas diversas podrían tener una ventaja en cómo viven su sexualidad. “Hay reflexión acerca de cada cuerpo, de su individualidad y de su derecho a sentir y a vincularse eróticamente con otro cuerpo. Al haber construido una identidad fuera del guion tradicional de la reproducción, muchos adultos mayores sexualmente diversos llegan a la vejez con una mayor capacidad para explorar sin los prejuicios que suelen paralizar a sus pares”, asegura.
Sin embargo, esta mayor exploración no significa que el camino esté libre de obstáculos. Castillo advierte que persisten sesgos de género muy marcados entre quienes asumen identidades masculinas y femeninas, lo que a veces replica en desigualdades de poder en la intimidad. Para la experta, es urgente elevar la conversación sobre la sexualidad como un derecho que se defiende a través del conocimiento y la libertad.
El desafío, por tanto, no es únicamente médico o individual, sino cultural. Reconocer la sexualidad como parte del bienestar y de la autonomía en el envejecimiento implica abrir conversaciones informadas, derribar estereotipos y generar entornos que respeten las decisiones de las personas mayores. En ese camino, la investigación aporta evidencia para transformar imaginarios y seguir ampliando una conversación que apenas comienza.
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